viernes, 5 de abril de 2013

Aromaterapia I - Historia

¿Has oído hablar de los aceites esenciales? Son el instrumento más frecuente y conocido de la aromaterapia, que se define precisamente como la técnica de sanación basada en el uso de estos aceites de origen vegetal. Son naturales. Están de moda. Han adquirido un gran valor añadido en el sentido de relax, lujo y atención a uno mismo. Se puede considerar una rama de la herboristería, y su uso no tiene nada de innovador...

En China y la India la herboristería se desarrolla como base de la medicina desde tiempos remotos. La literatura védica, en la India, ya en el 2000 antes de Cristo ofrece un compendio de 700 sustancias analizadas y detalladas, entre las que se incluyen la canela, el nardo, el jengibre, la mirra, el cilantro y la madera de sándalo. La expresión indoaria atar se traduce como “humo”, “viento”, “olor” y “esencia”, y el Rig Veda  indica usos litúrgicos y terapéuticos de las materias vegetales.

En efecto, en el mundo antiguo se asocian enseguida las sustancias curativas con la espiritualidad. Desde las aguas mineromedicinales en su faceta de “limpiadoras del alma” al incienso de las iglesias occidentales o la quema de ramitas de enebro en el Tíbet. Esta combinación de lo religioso y lo terapéutico no es descabellada: hoy se sabe científicamente que los componentes aromáticos ejercen influencia sobre el estado mental y, bien elegidos, inducen a la calma, la serenidad, el sosiego y demás condiciones “buenas para el espíritu”.

Estas artistas egipcias llevan en la
cabeza conos de cera perfumados. Al
ir derritiéndose se perfumaban.
Pero es en el Antiguo Egipto donde encontramos la documentación más antigua. Durante el reinado de Khufu, 2.500 años antes de Cristo, ya se escriben papiros sobre plantas medicinales, y ocho siglos más tarde se describen gomas y aceites aromáticos que se emplearían, entre otras cosas, en el embalsamado de los faraones.

Así pues, los aceites esenciales y otras formas aromáticas se convierten en una de las primeras mercaderías codiciadas en el mundo antiguo. Son raras y caras y sus técnicas de obtención se atesoran con celo.

Cuando los hebreos salen de Egipto en el siglo XIV a. de C. se llevan consigo varias gomas y aceites y el conocimiento de cómo emplearlos. La actividad comercial de los fenicios lleva estas sustancias a la península arábiga y el Mediterráneo y aporta ingredientes exóticos: alcanfor chino, canela india, gomas árabes y rosas sirias. Se concentra en esta región el conocimiento egipcio y el del Medio y Extremo Oriente.

Los griegos se sirven de estas novedades. Heródoto  y Demócrates  visitan Egipto en el V a. de C. y vuelven cargados de teoría y práctica. Heródoto transcribe cómo destilar con aguarrás o trementina. Hipócrates   empieza a formular y recetar vapores perfumados y ungüentos.

A los romanos les gusta aún más y exploran este arte. Catalogan las sustancias como ladysmata o  ungüentos sólidos, stymmata o aceites esenciales, y diapasmata o perfume en polvo. Utilizan el perfume sobre su cuerpo y cabello, y también en las túnicas y los lechos. Lo incorporan a su sofisticada sanidad y se aficionan a dar masajes con aceites medicados tras el baño.

Cuando Roma declina los médicos viajan a Constantinopla con los  libros de Galeno  e Hipócrates. Allí se traducen al persa, árabe y otras lenguas. Mientras en Europa empieza la Edad Oscura, el mundo árabe florece y Avicena incorpora a su cultura todos estos datos. Inventa el “serpentín de refrigeración”, clave para la destilación. Se le considera pionero hasta que en 1975 el químico, aromaterapeuta y arqueólogo Paolo Rovesti   descubre a los pies del Himalaya un alambique completo hecho de terracota de unos 3.000 años, utilizado para obtener aceites esenciales.

Caballero Templario.
La cristiandad empieza a emitir cruzadas contra el mundo islámico y los Cruzados van trayendo de vuelta a Europa los conocimientos que, paradójicamente, la cristiandad hizo perder. Además incorporan esencias exóticas y recetas que Occidente no conocía, y el agua de rosas, que alcanza una tremenda popularidad. En el siglo XIII los “perfumes de Arabia” son una marca comercial de prestigio y lujo en toda Europa. Los europeos empiezan a experimentar con plantas autóctonas y se saca provecho de la lavanda, la salvia y el romero, hoy día básicos.

Llega la imprenta. De 1470 a 1670 se escriben y publican muchos manuales de herboristería. La alquimia está en auge y se busca la aplicación de las sustancias naturales, vegetales y minerales, en el gran objetivo: la transmutación del oro en plomo. No se consigue, así que el concepto se empieza a metaforizar y se habla de la alquimia interior y transformar el “plomo” de las emociones negativas en “oro” de iluminación y trascendencia. Una idea que los chinos habían estudiado largamente unos siglos antes, por cierto.

Con el Renacimiento y la revolución científica se pasa de la alquimia a la química. Todo se mira bajo una nueva óptica mucho más científica y racional. Para finales del s. XVII se separan definitivamente las ramas de perfumería y farmacia. En el XIX hay grandes avances y empiezan a aislarse y catalogarse componentes concretos de los aceites esenciales  (geraniol, citronelol, cineol…). Esto sienta las bases de la industria farmacéutica moderna y la fabricación de compuestos sintéticos.

La herboristería se profesionaliza y todo lo que no es farmacia empieza a verse con desdén. Los aceites esenciales pierden autoridad rápidamente a favor de los compuestos, y en muy poco tiempo su uso queda marginado a la cosmética, la perfumería y la gastronomía.

Gattefossé.
Hasta que en 1928 René-Maurice Gattefossé cambia las cosas. Gattefossé era un perfumista que trabajaba en la empresa de su familia. Está en el laboratorio cuando un mal paso provoca una pequeña explosión que le reporta quemaduras serias en una mano. Inmediatamente Gattefossé sumerge la mano en aceite esencial puro de lavanda. Por error, pues confundió el recipiente con un de agua fresca; pero observa con sorpresa que en los días siguientes la lesión se cura a gran velocidad y, mejor aún, no deja cicatriz. Acuña el término “aromaterapia” para referirse a los usos terapéuticos de los aceites esenciales.

Usos, como ya hemos visto, muy antiguos, pero que ahora se redescubren con entusiasmo en la terminología científica. La albahaca era “protectora contra el mal”, “buena para el corazón” y “eliminaba las penas”. Ahora es un “agente profiláctico”, “tónico nervioso” y “antidepresivo”.

Pocos años antes del descubrimiento accidental de Gattefossé había otro señor que empezaba a tener suspicacias sobre la química moderna. En 1904 Cuthbert Hall demuestra que el efecto antiséptico del aceite esencial del eucalipto es mucho más poderoso que el de su principal principio activo aislado, el eucaliptol o cineol.

Paolo Rovesti empieza a tratar depresiones y ansiedad haciendo que los pacientes huelan algodones empapados en aceites esenciales. Jean Valnet, médico cirujano, da un enorme espaldarazo a la aromaterapia con sus tratamientos de heridas, quemaduras y secuelas psicológicas durante la Segunda Guerra Mundial.  

Maury en su estudio.
La bioquímica austríaco-francesa Marguerite Maury es el siguiente pilar de la aromaterpia. No le gusta administrar los aceites por vía oral e investiga otras formas de incorporarlos al organismo. Desarrolla una técnica de masaje aplicando las esencias en la cara y en los centros nerviosos de la columna. Introduce el concepto de prescripción individual y elabora fórmulas personalísimas para cada paciente. Crea una terapia cosmético-medicinal de interesantes resultados estéticos, fisiológicos y mentales, incluso en cefaleas crónicas y reumatismos.

Y así hasta la actualidad. La aromaterapia tiene una butaca indiscutible en el salón de las terapias naturales. Es un complemento habitual de otras terapias; como remedio puro no es tan fácil de encontrar, debido a la gran complejidad de conocer a fondo todos los principios activos, indicaciones, contraindicaciones e interactuaciones de los aceites. Dominar a fondo seis u ocho esencias básicas ya abre un gran abanico de posibilidades. En el mercado tenemos decenas de aceites, un recurso virtualmente omnipotente... ¡si sabes utilizarlo!