viernes, 10 de mayo de 2013

Herramientas II - El gancho sueco

Corría la década de los 70. Kurt Ekman, fisioterapeuta sueco, se había independizado ya de su maestro James Ciryax. El venerable Cyriax se había curtido como terapeuta en la Segunda Guerra Mundial y Ekman fue uno de sus discípulos. La técnica más famosa de Ciryax, el masaje transverso profundo, tenía mucho éxito pero Ekman le encontraba algunos inconvenientes.

Por una parte era extremadamente dolorosa y agotadora tanto para el paciente como para el terapeuta. Por otra, tenía límites físicos insalvables. El masaje Ciryax ataca las lesiones justo donde se producen, de manera que en músculos profundos, en espacios muy pequeños o en tejidos muy finos, los dedos no tienen alcance ni maniobrabilidad para efectuar la técnica.

Así que Ekman decidió que era necesario un instrumento específico que pudiera sortear estos obstáculos y empezó a experimentar. Así nace el gancho sueco. Tras los primeros intentos con latón, hueso o madera, el gancho actual se compone de un cuerpo de acero, aluminio, plástico, resina u otros materiales, y una o dos cabezas —los ganchos propiamente dichos— que son de acero inoxidable e indeformable.

Gancho de acero con dos cabezas de diferente tamaño.

La terapia con ganchos recibe muchos nombres. Fibrólisis diacutánea, fibrólisis percutánea, liberación instrumental miofascial, relajación miofascial instrumental, crochetage fascio-mio-neural… Los dos discípulos principales de Ekman, Jean Brunote y Pierre Duby, dieron enfoques diferentes al uso del gancho y crearon escuelas, nombres y patentes. Ya que un “gancho” es simplemente un “gancho” y no se puede patentar el término, lo que registraron fue su uso. El motivo de tanto nombre y tan sonoro es que hay todavía una batalla comercial sobre patentes, denominaciones, quién puede utilizarlo y quién no. La técnica del gancho es reciente, aún se está consolidando y todos quieren su parte. En Bélgica y Brasil es muy popular.

Demos un repaso anatómico para entender cómo funciona el gancho, lo llamen como lo llamen.

El gancho en una epicondilitis.
El medio en el que habitan huesos, músculos, órganos y todo lo que tiene entidad suficiente para catalogarse de otro modo, se denomina en general tejido conectivo. Es el 60% de nuestro cuerpo y se corresponde con el órgano que la medicina tradicional china llama San Jiao o Triple Recalentador. Integra el líquido intersticial, la matriz extracelular y las fascias y membranas.

El líquido intersticial rellena el espacio entre las estructuras, tanto entre los órganos como entre las propias células; aquí los vasos y las células depositan e intercambian sus nutrientes y desechos para alimentar y drenar todo el cuerpo.

La matriz extracelular es un filtro en forma de malla compuesta por proteínas y carbohidratos poliméricos (proteoglicanos, glicosaminoglicanos), proteínas estructurales (colágeno y elastina) y proteínas reticulares (fibronectinas, lamininas y otras). Esta matriz es de carácter dinámico y actúa constantemente. Su función es, sencillamente, hacer posible la vida. Es la responsable de la permeabilidad celular que garantiza el metabolismo.

Todas las membranas que recubren y protegen a los grandes tejidos se consideran tejido conectivo también: las membranas viscerales, los periostios de los huesos y las fascias musculares. Aunque estas membranas son más sólidas y espesas que el líquido intersticial, la función es la misma: poner en contacto al tejido que envuelven con el resto del organismo y facilitar el intercambio de sustancias e información.

Corte transversal de una pierna.
El gancho puede "coger" fácilmente el músculo
recto anterior.
Las fascias son especialmente interesantes. Cada músculo tiene la suya pero no son cuerpos independientes, sino que es un tejido único y continuo en todo el cuerpo. Esto es vital para comprender cómo se propagan el dolor y la tensión cuando no hay una relación aparente entre la región lesionada y las regiones dolorosas. Las fascias pueden tensarse y actuar de manera parecida a los músculos, pero consumen una menor cantidad de recursos energéticos. Suelen ocuparse del "trabajo pesado" que al tejido muscular le costaría mucho mantener. La fascia lata en el muslo y la fascia plantar del pie son las más conocidas, por ser susceptibles de inflamaciones y lesiones típicas.

Una vez que tenemos una idea de lo que es el tejido conectivo (gracias a Alfred Pischinger), el resto es más sencillo. El tejido conectivo puede lesionarse y dañarse y la forma en que lo hace se llama fibrosis. Dicho rápidamente, significa que aparecen “estrías” o durezas que van dañando la calidad del tejido.

Dicho con más calma, a nivel tisular hay una reducción de líquidos que afecta a la circulación celular y empieza a crear isquemia (se enlentece o paraliza el tráfico nutrientes-desechos). Progresivamente se reduce el espacio intersticial; la elastina disminuye, el colágeno se endurece y aumenta la fibrina. La elasticidad, la vascularización y el drenaje quedan afectados y a medio o largo plazo se producen procesos degenerativos crónicos (fibrosis, artrosis, necrosis), que no cursan con dolor hasta que interfieren en la movilidad.

La etiología o causas de la fibrosis son muy variadas pero destacan tres como principales: cicatrizal (después de operaciones o traumatismos), biomecánica (genes, actitud mental, actividad física; hablamos de alteraciones posturales) y metabólica (sobre todo disfunciones hormonales y drenaje insuficiente).

Y bien, aquí es donde entra el gancho. ¿Qué hacer ante la fibrosis? Pues fibrólisis, literalmente “ruptura de fibras”. El gancho sirve para agarrar porciones musculares muy pequeñas y concretas y, mediante suaves tirones, abrir y liberar el espacio entre los tejidos y romper las fibrosis o fibrotizaciones anormales.

Fascitis plantas. Abordaje con gancho.
Aunque el gancho puede parecer a primera vista un instrumento de tortura más que terapéutico, la técnica no suele ser dolorosa en condiciones normales, si el tejido está más o menos sano. La fibrolisis se hace paulatina y lentamente. El objetivo es recuperar elasticidad, y no se puede hacer de forma brusca sin generar una respuesta muscular defensiva que agrava el problema.

El gancho actúa de tres formas. Tiene un efecto mecánico evidente y localizado sobre el tejido en el que actúa; tiene una acción circulatoria también local, ya que al liberar los tejidos estimula la circulación y el drenaje y probablemente una descarga de histamina; y tiene un efecto reflejo si se trabaja debidamente inhibiendo puntos dolorosos a lo largo de la cadena fascial.

Los puntos fuertes del gancho son las adherencias subsiguientes a cicatrices quirúrgicas o traumatismos, algias del aparato locomotor (epicondilitis, lumbalgias, periartritis…), síndromes tróficos (compartimental, túnel carpiano…) y neuralgias por irritación mecánica de los nervios periféricos (ciatalgia, occipitalgia de Arnold…).

El gancho se utiliza unos minutos después de un masaje y, si está bien empleado, en tres o cuatro sesiones tiene que haber una mejora visible de la flexibilidad y la movilidad. Aquí podéis ver cómo se usa en el esternocleidomastoideo: